El otro día tuve la suerte de encontrarme de viaje en Madrid. Como todas las ciudades que han tenido la suerte de conservar su patrimonio, ésta muestra todo un repertorio arquitectónico de formas, decorados y fastuosos edificios que ahora, cómo no, poseen grandes sedes de entidades financieras, asociaciones de toda índole, magníficos museos y, por supuesto, Ministerios del Gobierno central u oficinas de la Comunidad de Madrid. Pasearse, como digo, por ese gran centro de magnificencia hace imposible no dirigir la vista para contemplarlo. Sólo los indiferentes vecinos de la zona, que por pura rutina ya están cansados de tanta fastuosidad pasan de largo sin ni siquiera fijar una miradita, aunque sea de reojo a todos esos edificios.
La diversidad de personas que por la calle deambulaban de un lado para el otro es, como en todas las ciudades idéntica pero, desde luego, mucho más abundante. Sobre todo, abundante desde el lado negativo. En Madrid -y discúlpenme los posibles ofendidos- ha habido siempre mucha más mendicidad que, por ejemplo, en Zaragoza o en Sevilla o que en Valencia, pero desde luego, lo que es en esta ocasión , esta lamentable imagen y situación para los que la padecen ha aumentado, a mi juicio, considerablemente. A la par, también lo ha hecho un indicador de pobreza claro: los hombres-anuncio. Conste de adelanto que no tengo nada contra los hombres anuncios, pues es un trabajo dignísimo. A lo que me refiero es al objeto del anuncio. Sin duda alguna, en anteriores visitas no existía tanto negocio de la compra-venta de oro, por ejemplo. Para mí y para muchos, que aumente el valor del oro y paralelo a él el número de personas deseosas de vender sus piezas muestra un claro aumento de pobreza. Si a esto añadimos las imágenes de las distintas Oficinas de Empleo de todos los municipios españoles, la cosa cuadra catastróficamente. Sin dinero, estas pobres personas tienen que vender las alhajas que posean, muchas de ellas de infinito valor romántico, herencia de sus antepasados para que a cambio les den cantidades bastante inferiores a lo que realmente significan estas joyas para sus legítimos dueños de dinero que, con suerte y con pericia les servirán para ir tirando unos cuantos días o semanas más.
Y las empresas dedicadas a esto, que han visto el negocio han aumentado su plantilla de hombres-anuncio por las calles más transitadas para atraer a los desesperados. Quizás la parte más positiva de este negocio, que acaba con todo romanticismo existente para convertirlo en capitalismo puro y duro es la contrata de más empleados, que por lo menos tienen un trabajo por malo que éste sea.
Lógicamente, según vas avanzando por las calles vas descubriendo tiendas con éxito y muchas otras que, visto desde el punto de la cantidad de clientes que las visitan dudo mucho que posean una economía muy sobrada.
Otro de los aspectos de este Madrid del 2010 es la cantidad de tenderetes que hay en las avenidas. Desconozco si es común, puesto que nunca he vivido en Madrid al menos un tiempo continuo, pero a mi me parece algo de agradecer en las avenidas. Indiferentemente de lo que signifiquen o no económicamente estos tenderetes, a mi me otorgan una mayor vida. Numerosas personas se agolpan, por ejemplo, en los del Paseo del Prado a comprar o únicamente a mirar. Los hay de todo tipo, hasta de pintura, algunos de los cuales, todo hay que decirlo, con unos lienzos increíbles.
Por supuesto, -y espero no repetirme- entre esa diversidad de gente también encontré numerosos hombres trajeados con su maletín y teléfono móvil en la oreja, que seguramente serían políticos, jueces, abogados de prestigio, empresarios o banqueros.
Como observarán, el contraste es bastante fuerte. Pero a diferencia de lo que harían otras personas no culpo ni culpé en ese momento a los hombres trajeados frente a tanta persona sin empleo o que en estos momentos tan apocalípticos lo están pasando verdaderamente mal.
Muchos de estos hombres y mujeres o bien se han ganado su empleo y posición, o bien han tenido suerte o bien se han ido introduciendo en ciertos ámbitos y han logrado lo que querían. Es por esto, que no los puedo culpar, tengan la moral que tengan.
Sin embargo, un sentimiento de ira se dirigió en dirección al cielo, fijando mi profunda mirada en las muchas banderas de los edificios oficiales.
Ellos, los políticos en conjunto son los que deberían estar haciendo todo lo posible para que tanta gente no caiga en desgracia. Ellos deberían no haber donado tanto dinero a los bancos y sí lo deberían haber distribuido en fondos para las pequeñas y medianas empresas. Ellos deberían haber ayudado con más fuerza al ciudadano dependiente que al pedigüeño ricachón.
Pero, sinceramente, ya no hay vuelta atrás. Ya no podemos volver al comienzo de este agujero negro económico y cambiar la política que hemos llevado hasta el momento. Ahora ya sólo podemos pedir y exigir que los que supuestamente se encargan de llevar a buen puerto la nación y a sus habitantes cambien su política y salven a las empresas menores y a sus empleados sin trabajo y sin recursos para sobrevivir.
Alguien de mi círculo dijo el año pasado que la empresa que soportara el 2009 el 2010 no sería problema para ella. Ahora, en 2010, puedo afirmar que se equivocó. Muchas empresas que soportaron con fuerza el 2009 están ahora cayendo en 2010, peligrando su continuidad.
Sólo espero que se pongan soluciones eficaces cuanto antes, antes de que España baje del octavo puesto al decimosegundo y el español de a pié, de mileurista a no tener casi ni para comer.
Eso es lo único que al pasar delante de esas sedes se puede exigir, en cuenta de tanta tontería y tanto "avance" social, más destinados a ganar votos que a arreglar los desaguisados.
Y entre tanto, caminé hacia Recoletos para tomarme algo en la terraza del Gijón, bajo el sol abrasador. Estas son algunas de las "perlas" que desde aquélla mesa a sol y sombra del insigne Gijón pude matizar desde mi observadora y filosófica existencia mientras un refresco con hielo aliviaba mi calor y mi pesadumbre.
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