miércoles, 14 de julio de 2010

Entre la fama y el desván (cuento filosófico de David L. Cardiel)

En el desván había muchos recuerdos. Aún rememoro cuando cada mañana subía las escaleras con el fin de encerrarme en aquel apartado lugar. Mientras subía mi imaginación volaba hacia lugares insólitos, nuevas tierras que descubrir, nuevas batallas que ganar, nuevas vivencias que me apartaran del monótono mundo.


Cuando por fin llegaba a la puerta siempre me detenía. Era como si una fuerza invisible me retuviera en el umbral, a un paso de penetrar en el oscuro reciento. El portalón, de madera ejercía sobre mí su autoridad. Aquel lugar que nadie frecuentaba excepto yo era la puerta mágica que me permitía viajar hasta esos lugares insólitos de mi imaginación. Finalmente, tras la duda, supongo que de abandonar mi mundo real para introducirme en la fantasía propia de los niños terminaba por avanzar y no mirar atrás. Cerraba la puerta con ciertas dificultades y dirigía la mirada hacia los cristales del ventanuco, entonces iluminados por el cálido sol del verano. Como si fuera la primera vez que entrara revisaba con la vista todo el desván, rastreando por si algo nuevo hubiera aparecido tímidamente por el horizonte. Ahora que nada tengo que ver con ese niño de grandes y puros proyectos me sonrío para mí mismo cuando recuerdo el especial olor de aquel lugar, su color a madera de abedul, las cajas apiladas en los laterales y los trastos apilados entre ellas y mis mejores momentos jugando con lo que los "mayores" habían despreciado durante años.


Ahora que ya no soy aquel niño me avergüenzo. No me avergüenzo de que disfrutara de lo repudiado, de que viviera una infancia feliz, de que tuviera un trastero como ventana a mi imaginación y ni tan siquiera me avergüenzo de mis más tiernos recuerdos de las historias que inventara. Me avergüenzo de no haber sido capaz de cumplir la promesa que me hice a mi mismo.


Un día, cuando tenía seis o siete años mi familia decidió trasladarse a Madrid. La casa estaba revolucionada, las cajas del trastero, revueltas. Ya no había nadie que auxiliara mis súplicas. Quería permanecer junto a mi trastero, en mi casa, la que me había visto nacer. No quería perder a mis amigos, todos seres queridos para mí. Sin que me vieran escapé al irreconocible trastero. Esta vez no cerré la puerta. La luz entraba por el ventanuco pero esta vez parecía no iluminar. Esta vez sólo me iluminaba a mí, como si quisiera despedirse de mi persona aquella luz que todos los días alumbraba mi feliz existencia. Recuerdo que las lágrimas resbalaron por mi mejillas, que miré al techo y que paseé la vista por el lugar como queriendo mantener su recuerdo para siempre, como queriendo fotografiar su existencia para la eternidad. Una de las amas de llaves me encontró y asiéndome de un brazo a la vez que me regañaba me condució escaleras abajo. En el patio estaba mi madre, que enseguida me regañó por mi tardanza. Me subieron a un coche que al momento arrancó. Ya no volvería jamás a aquel lugar. Sin embargo, mi mente, mis recuerdos y mi corazón se quedaron en ese desván, al igual que numerosas pertenencias también lo hicieron. Y una promesa: que pasara lo que pasara recordaría aquel desván y que, llegara lo alto que llegara en el futuro no perdería mi imaginación, mi ilusión, mi pureza y mi forma de ser, que me acordaría siempre de mis amigos, que a nadie despreciaría y de que sería capaz de llevar una vida de amor, amistad, espiritualidad y esplendor propio. Por supuesto, no me dejaría llevar por nadie y, por supuesto, no permitiría que la fama se cobrase un precio por mi propio éxito ni mucho menos se lo cobrara a aquellos seres que amo. Y fracasé.






- ¿Y la fama le ha cobrado su éxito con creces?- preguntó, admirado, el psicólogo.






Cuando comencé en mi mundillo, en la adolescencia, lo hice porque era lo que me gustaba. No lo hacía por dinero ni por el éxito, sino porque era lo que sabía hacer mejor, era lo que se me daba bien. Mi familia tuvo que pagarme los estudios haciendo un gran esfuerzo. Desde que nos fuimos a Madrid la cosa no marchó bien. Mi padre no conseguía entablar con la soltura de antes sus negocios y mi madre dejó de estar en cartel. Mi madre fue una de esas actrices que logran las cosas por esfuerzo, suben a lo más alto por méritos propios pero un día las malas gentes terminan por hundirlas y arrastrarlas por el fango. Eso fue lo que le ocurrió. Madrid era el paraíso, el lugar de la esperanza. Los teatros, los cines...todo apuntaba al éxito, al glamour. Sin embargo, con lo que nadie contó fue con que en la misma proporción que había oportunidades había corrupciones, envidias, prensa de todo tipo y de toda calaña y gente dispuesta a machacar a quien le hiciera sombra. Mi madre llegó con potencial. Es lo que tiene nacer con ello grabado en el alma. Superó a muchas que habían estado años intentando conseguir determinados puestos en compañías de teatro famosas por sus éxitos o trabajar para directores de cine cuyo nombre retumbaba en el lejano Hollywood. Ella llegó a la cumbre pero poco le duró la alegría, pues las gentes la hundieron, la machacaron a críticas, la llegaron hasta a perseguir la prensa día y noche para escarniarla...la destruyeron. Y destruida en el alma tuvo que trabajar en una fábrica para ayudarme a estudiar. Mi padre, que también sufrió el escarnio e incluso se le llegó a acusar de adúltero acabó por no soportar sus fracasos laborales y la presión falsa de una sociedad falsa y se suicidó. Aquel día de luto hubo periodistas, buitres esperando la carnaza, alegando que los engaños eran ciertos por el suicidio de mi padre. Durante meses mi madre estuvo llorándolo y maldiciendo su propia suerte y su destino. ¿Qué sentido tendría haber sido la mejor actriz para luego acabar siendo desgraciada? Estoy seguro que si no hubiera sido por mí ella también se hubiera suicidado. Pero por mí era capaz de enfrentarse a esa sociedad que le había aplastado.


Yo hederé su magia por la actuación. Pronto alcanzaría el éxito. Sin embargo, embriagado por la ola de la fama olvidé mi promesa. La sociedad me ha amargado. Me dio mucho pero me lo cobró bien. Aplastó mi felicidad, intentó conducirme a la mala vida e incluso me escarniaba con el suicidio de mi padre y la desdicha de mi madre. Aprovechaba mi ira para sacarme en televisión, ganaban dinero a costa de mi sufrimiento, a costa de sucias portadas de escarnio para mí, mis antepasados y mi familia futura. Me volví arrogante, me llegaba a despreciar incluso a mi mismo. Acabé separado de mi mujer y apenas veo a mis hijos. Me alcoholicé, me consideraba y me consideraban una basura. Sin embargo, desde el inicio me guié por el corazón. Y eso me ha salvado de la desgracia. En uno de esos días, hundido por el ataque popular y la envidia cegadora levanté la vista a las estrellas y de pronto recordé la promesa, aquella lejana promesa que hace más de cuarenta años me hice en aquel desván destartalado. Me juré que pasara lo que pasa sería como era en mi naturaleza y que nada me cambiaría, que conseguiría el reconocimiento social, no la fama.


Hoy sé que he fracasado, pero también aprendí en todos estos años que comenzar una nueva vida es también posible. Eso quiero hacer. Quiero comenzar una nueva vida, allá donde no exista la prensa del escarnio, la envidia del famoseo, los programas de prensa rosa, las revistas del corazón y toda la porquería que acabó con mis seres queridos y que ha estado a punto de acabar también conmigo.


Necesitaba comentarlo con alguien. Viajaré al Tíbet. Allí viviré el resto de mi vida, junto con sus humildes gentes. No necesito mi talento para vivir. Lo tengo todo ahorrado y cuando todo me lo gaste viviré de los trabajos cotidianos. No necesito nada más para ser feliz. Gracias a todo esto he descubierto que el verdadero motivo de nuestra existencia es aprender, cumplir una misión de aprendizaje que nos haga más fuertes y más sabios. También he aprendido que la búsqueda de la armonía con los demás y la felicidad personal y en conjunto con los seres queridos es la esencia de la vida en este mundo.


Por eso deseo marcharme. Ya tengo los billetes, partiré esta misma tarde. Siento no volver a verle nunca más, amigo mío, pues usted se ha comportado siempre conmigo como si fuera un amigo, como si ya me hubiera conocido de antaño, como si no fuera su paciente, sino un ser querido. Yo también me he sentido bien con su terapia, sus consejos...






"Entonces abracé al hombre. En el abrazo sentí como si una energía especial recorriera mi cuerpo de arriba abajo, como si aquella persona ya me hubiera abrazado en el pasado".






- ¿Cuánto le debo por todas sus visitas en estos años? -musité a punto de romper a llorar-.


- Nada, no se preocupe, -afirmó rotundo el psicólogo-.


- ¿Cómo que nada? ¡Si usted me ha llevado más de quince años! Usted me ha salvado de una muerte segura, me ha dado ánimos, siempre ha estado ahí...Le debo sus honorarios y mucho más.


- Hágame caso. Parta hacia el Tíbet, comience su nueva vida y no se cuestione más sobre el asunto. A usted no le puedo cobrar, lo siento. Sólo le voy a pedir una cosa: cuando llegue allí y se instale abra esta carpeta. Allí encontrará muchas respuestas a sus preguntas. Pero por favor, no la abra hasta que no haya comenzado su nueva vida y ya no vaya a regresar. Le deseo que sea feliz.






"Volvimos a abrazarnos con igual intensidad y me despedí. Sería la última vez que lo vería. Ya no tenía a nadie. Ni amigos, ni padres, ni hermanos, ni familia. Nada. Tras una breve comida partí hacia Barajas para tomar el avión que haciendo escala me llevaría hasta el Tíbet. En aquellos momentos difíciles para mí estuve tentado muchas veces de abrir la carpeta. Ahora sé que hice lo correcto en guardar la promesa que le hice al psicólogo. Tendrían que pasar varios años de vida en una aldea escondida entre las montañas para que me sintiera preparado para abrir la carpeta. Dudé varias veces, como cuando dudaba al entrar en el desván en mi niñez. Al principio terminaba por abandonar la carpeta pero un día di el paso. Avancé como cuando atravesaba el umbral de la puerta del desván. Abrí la carpeta, color verde y muy antigua. Encontré cientos de recortes de periódico, unos con noticias de mi madre, la mayoría eran todos los artículos publicados sobre mí, toda mi trayectoria de ensueño estaba plasmada en esos recortes. La mayoría eran de antes de contratar a mi psicólogo. Entonces, detrás de los recortes encontré un folio escrito a mano con una fotografía amarrada a éste con un clip. En la foto, antiquísima, estábamos mi madre, preciosa ataviada con sus trajes de gala, mi padre, muy elegante, otros miembros que ahora me resultarían imposibles de reconocer y, al pie de la imagen yo junto con uno de mis olvidados amigos de la infancia.


Acto seguido procedí a leer la carta: Querido amigo, sé que ahora estarás lejos, a miles de kilómetros de nuestra ciudad y de Madrid. Sin embargo ahora sé que serás feliz. Sé que harás una nueva vida en esa remota región, sé que vivirás cuanto tengas que vivir. Ahora creo que la vida, en la misión de cada persona. Sé también que no me habrás defraudado y de que estarás leyendo esto después de años de vida en tu nuevo hogar. También sé que reharás tu vida sentimental y que morirás feliz. Sé que aprenderás tu lección y que perdonarás a todos los que hundieron tu vida y la de los tuyos. En tu corazón no cabe el rencor. Durante años he estado escuchando tus problemas, te he defendido, te he ayudado, siempre he estado allí. No te desmorones ahora que eres feliz, ni derrames una lágrima al leer todo esto -aunque sé que lo harás-. Quizás no hayas podido cumplir tu promesa personal, pero no deber crucificarte por ello. Al fin y al cabo has logrado lo más importante: que no te endurecieran el corazón. Has sufrido, sí, pero has ayudado a los necesitados, has estado siempre ahí hasta para los que luego te vendieron. Has seguido teniendo imaginación, ¡has seguido siendo tú mismo! No fracasaste en nada, pues la felicidad no es que no la supiste preservar, ¡es que te la robaron! Ahora sé que habrás recuperado tú espíritu propio. Yo seguiré en la consulta imaginándote feliz entre las nevadas montañas como cuando lo eras en tu desván. Sólo te deseo la felicidad.


Un abrazo, amigo, para la eternidad.


Tu amigo de la foto.
Las lágrimas, insostenibles, resbalaron por mis mejillas.


(DEDICADO A TODOS AQUELLOS ACTORES Y ACTRICES AÚN JÓVENES, A TODOS AQUELLOS ESCRITORES, FILÓSOFOS Y AMIGOS MÍOS Y A TODOS AQUELLOS QUE ALGÚN DÍA, PORQUÉ NO, PODAMOS LLEGAR A TENER QUE SUFRIR EL PRECIO DE LA FAMA, PARA QUE SIEMPRE SEPAMOS VER LA LUZ DE LA EXISTENCIA Y DIRIGIR NUESTRAS VIDAS A TIEMPO ANTES DE QUE LA FAMA SE COBRE UN PRECIO. PARA QUE TODOS NOSOTROS, JÓVENES, PODAMOS SEGUIR SIEMPRE NUESTRO PROPIO CAMINO. ABRAZOS Y BESOS A TOD@S)